Esta sesión permitió descubrir un enfoque del turismo profundamente diferente de los modelos predominantes. Lejos de considerar el turismo como un fin en sí mismo, la experiencia brasileña demuestra que puede convertirse en una herramienta al servicio de la agricultura familiar, la cooperación entre habitantes y la vitalidad de los territorios rurales. Una reflexión que supera ampliamente el caso de Brasil y que plantea interrogantes sobre las condiciones necesarias para un desarrollo turístico verdaderamente sostenible.
El turismo suele presentarse como un motor de desarrollo económico. Sin embargo, en muchos territorios rurales, la pregunta se plantea de otra manera: ¿cómo preservar las actividades agrícolas, mantener a la población en el territorio y evitar el abandono progresivo de las zonas rurales? Precisamente de esta preocupación nació, en 1996, la asociación Acolhida na Colônia. Frente a las dificultades que enfrentaban las explotaciones familiares, sus fundadores no se preguntaron cómo atraer a más turistas, sino qué futuro construir para su territorio y cómo resistir a la desaparición progresiva de la agricultura familiar.
Desde esta perspectiva, el turismo no aparece como una actividad independiente de la agricultura. Por el contrario, se convierte en una extensión de ella. Los visitantes son recibidos en las explotaciones agrícolas, descubren los saberes y conocimientos de las familias, comparten su vida cotidiana y participan en una economía que permite a los agricultores diversificar sus ingresos sin abandonar su profesión. Esta inversión de perspectiva es fundamental. El turismo deja de ser un sector que transforma los territorios para responder a las expectativas de los visitantes; se convierte en una herramienta que permite a los habitantes seguir viviendo de su territorio.
Acolhida na Colônia presenta el turismo como un instrumento de resistencia frente a dos fenómenos que hoy debilitan los territorios rurales: por un lado, un modelo agrícola industrializado que margina progresivamente a las pequeñas explotaciones; por otro, un desarrollo turístico que tiende a homogeneizar los paisajes, los alojamientos y las experiencias ofrecidas a los viajeros. Esta doble resistencia resulta especialmente interesante. Recuerda que el turismo comunitario no consiste únicamente en recibir visitantes de otra manera. También participa en la defensa de una determinada visión del territorio, en la que los habitantes siguen siendo los principales protagonistas de su propio desarrollo.
Este enfoque coincide además con numerosas iniciativas observadas en otras partes del mundo, como las redes de turismo campesino en Europa, los proyectos de agroturismo en Italia o las iniciativas impulsadas por organizaciones rurales en varios países de América Latina. En todos estos casos, el turismo se convierte en un medio para fortalecer las economías locales, más que en un objetivo de crecimiento en sí mismo.
Acolhida na Colônia promueve un turismo «situado», «relacional», «lento» y centrado en la experiencia vivida. Estos conceptos expresan una misma ambición: volver a situar el encuentro humano en el corazón del viaje. Los visitantes no llegan únicamente para dormir en una granja o consumir actividades rurales. Descubren formas de vida, prácticas agrícolas, recetas, paisajes moldeados por generaciones de habitantes y una manera particular de habitar el territorio.
Esta concepción se relaciona con las reflexiones desarrolladas desde hace varios años en el seno de ISTO sobre el turismo comunitario: el valor de una estancia no reside únicamente en las infraestructuras o los servicios ofrecidos, sino en la calidad de las relaciones que se construyen entre visitantes y comunidades anfitrionas.
En un contexto en el que los destinos tienden a parecerse cada vez más entre sí, la experiencia brasileña pone de relieve un principio especialmente actual: el verdadero valor de un territorio reside en aquello que no puede copiarse. En lugar de invertir en infraestructuras cada vez más estandarizadas, la red apuesta por valorizar los saberes agrícolas, la gastronomía local, los productos de las fincas, los paisajes cultivados, las historias familiares y la relación que los habitantes mantienen con su entorno.
En otras palabras, la riqueza del turismo rural no está en aquello que puede reproducirse en otros lugares, sino precisamente en lo que está profundamente arraigado en un territorio determinado.Esta reflexión constituye, sin duda, una de las respuestas más pertinentes a los desafíos contemporáneos del turismo. En un momento en que las plataformas digitales favorecen cierta homogeneización de los alojamientos y las experiencias, los recursos más valiosos siguen siendo aquellos íntimamente vinculados a las personas, las culturas y los paisajes.
La intervención también puso de manifiesto la importancia de los enfoques colectivos. Acolhida na Colônia no funciona como una simple suma de explotaciones agrícolas que reciben visitantes de manera individual. La red se basa en herramientas comunes: una marca colectiva, un sistema de calidad, diagnósticos participativos, acciones de formación, una gobernanza compartida y una fuerte solidaridad entre sus miembros. Esta dimensión colectiva constituye, sin duda, una de las claves de su permanencia en el tiempo.
También recuerda que el turismo comunitario no se limita a ofrecer experiencias auténticas a los visitantes. Requiere igualmente organizaciones capaces de compartir conocimientos, defender intereses comunes y acompañar a los habitantes a largo plazo. De esta manera, la acción de la red va mucho más allá de la propia actividad turística, contribuyendo a la estructuración del desarrollo rural, al reconocimiento de las iniciativas locales e incluso a la evolución de las políticas públicas.
Aunque esta experiencia resulta especialmente inspiradora, no está exenta de las profundas transformaciones que atraviesa actualmente el sector turístico. Entre los principales desafíos identificados figuran el mantenimiento del espíritu asociativo, la renovación de las prácticas agroecológicas, la articulación entre agricultura y turismo, así como el crecimiento de las plataformas digitales y lo que los participantes calificaron como la «airbnbización del turismo».
Esta expresión resume una evolución de alcance mundial. Las plataformas facilitan la comercialización de los alojamientos, pero también pueden fomentar una competencia permanente entre territorios y una estandarización de las ofertas. Para las redes de turismo comunitario, el desafío consiste entonces en aprovechar las herramientas digitales sin perder aquello que constituye su singularidad: las relaciones humanas, la cooperación local y el arraigo territorial.
A lo largo de los intercambios, una idea se fue imponiendo progresivamente: el turismo comunitario no constituye únicamente una forma diferente de viajar. Representa también una verdadera política de desarrollo territorial. Al apoyar la agricultura familiar, diversificar los ingresos de las explotaciones, valorizar los patrimonios alimentarios y culturales, fortalecer las redes de ayuda mutua y fomentar que los jóvenes permanezcan en las zonas rurales, contribuye a mantener vivos los territorios.
Este enfoque invita a superar una visión exclusivamente económica del turismo. El desafío ya no consiste solamente en medir el número de visitantes o los ingresos generados, sino en preguntarse por la capacidad del turismo para fortalecer la resiliencia de los territorios, preservar sus identidades y mejorar de manera sostenible la calidad de vida de sus habitantes. A través de la experiencia de Acolhida na Colônia, los miembros del grupo de trabajo de ISTO han demostrado que el turismo comunitario puede ser mucho más que una actividad complementaria.
Cuando se concibe como un proyecto colectivo, arraigado en las realidades locales y al servicio de sus habitantes, se convierte en una verdadera herramienta de desarrollo rural, cooperación y transición hacia modelos turísticos más sostenibles.